IRENE ORTIZ

Obcecados con la 'no realidad'

Publicado el 18 agosto 2021

Es de noche. Pleno agosto. Hace un calor insoportable, unos 36° a las diez de la noche en Guadix (Granada). Pero la gente sigue prefiriendo salir a la calle y despejarse que estar en casa con el aire acondicionado sin hacer nada interesante; comprensible, estamos de vacaciones. Hace unos años no diría lo mismo, pero la Plaza de las Palomas está que no cabe ni un alfiler. Los bares a reventar. Al menos los negocios sobreviven.

Me tomo un tinto de verano fresquito y un par de tapas en el bar Liceo con mi familia. Se está bien. Picoteas algo rico y te echas unas risas. Observas a la gente de tu alrededor, nuevos rostros más allá de los que ya conoces. En la mesa de enfrente se han sentado dos personas: una mujer rubia con el pelo recogido en una coleta, blusa verde y falda vaquera y un muchacho de polo azul y gafas de pasta negras. Seguramente se hayan arreglado para salir de la rutina y ver el ambiente del pueblo. Normal. Pero hay algo que me llama la atención y es que no hablan.

Están sentados uno en frente del otro. El vaso de Aquarius de ella frente al vaso de Nestea de él. Y no tiene pinta de que hayan dado ningún sorbo. Están obcecados cada uno con su aparatito: EL MÓVIL. Parece de chiste: sales a la calle para alejarte de la asfixiante vida digital y acabas regresando en cinco segundos al mundo de las historias falsas y maquilladas porque no sabes cómo manejar la tuya. Ni que eso te fuera a dar una solución.

Despegan sus dedos del rectángulo negro y lo depositan en la mesa. Parece que se dignan a mirarse a los ojos y hablar. Hablar cara a cara. Dejar sentir como brota de su piel lágrimas de sudor, porque te adentras tanto en la pantallas que te olvidas de sentir el exterior. Echan una ojeada rápida a su alrededor y ya está, suficiente, demasiado aburrido y monótono. Un impulso directo de coger el teléfono y charlar o mirar nuevamente que hacen otras personas con sus vidas arruinadas y falsas. Como la suya.

Quizás sean accitanos y hayan ido más de una noche a tomar una tapa a La Plaza de las Palomas. Quizás les resulte todo igual, que todo esté en el mismo sitio; los mismos rosales, los mismos arcos... Pero como decía Heráclito: Todo cambia, nada permanece. Y la gente nunca es la misma, ni el clima, ni aunque no lo creas, el espacio es el mismo. Porque aquella flor puede ya no tener pétalos, aquel balcón tener un trapo de colores a secar sobre la barandilla, aquella ventana estar abierta y observarse a una mujer sentada en su sillón o el camarero del bar haberse cortado el pelo.

Y realmente es una pena que salgamos a tomar el aire (aunque no corra ni una brisilla) y no sepamos apreciar el tiempo libre que tenemos ni disfrutar de las bonitas calles que forman nuestro pueblo o ciudad.

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