IRENE ORTIZ

NOSTALGIA

Publicado el 19 febrero 2018

Cerré los ojos ante un paisaje gris que se mostraba ante mi. Una fuerte oleada de nostalgia me erizó la piel.

Sentada sobre la silla del escritorio observo la ventana que quizás no vuelva a contemplar en la misma circunstancia presente en un futuro. Porque nunca nada vuelve a ser como fue en un determinado momento. Ni los sentimientos, ni el propio tiempo.

Suena una melodía de piano de Yiruma mientras recuerdo que debo crecer y marcharme de la tierra que me hizo ser quien soy. Marcharme... Seguir creciendo o solo viviendo en otra ciudad, porque crecer ya he crecido (supongo): alcanzar la madurez dejando las niñerías a un lado y plantarle cara a los verdaderos problemas de la vida.

Quizás, esa fuerte oleada nostálgica me azote nuevamente cuando tenga que volver a marchar y dejar atrás ese paisaje al que me había acostumbrado, ese paisaje que inspira, que trae recuerdos a mi mente, que calma y salva.

Y quizás la nostalgia es lo que nos mata un poco cada día, por hacernos ver que el tiempo pasa, que nosotros crecemos, que nada es para siempre y las circunstancias no vuelven a ser las mismas por más que le lloremos a la vida.

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